Con este poema inicio un ciclo llamado "El amor en el tiempo", que pretende reflexionar sobre este sentimiento en las diferentes etapas vitales de las personas. "Sólo les queda eso", sobre el amor y la senectud.
Todo se cae
murmura él, los pantalones bajados hasta los tobillos,
sentado sobre la cama, con los calcetines puestos.
Todo se cae
La piel, los dientes, el pelo, los sueños.
Le cuesta erguir la espalda, ya no se pone firme cuando ella le acaricia.
Ella, que le espera entre las sábanas,
que le diría que no le importa,
sino fuera porque a él sí,
le espera y le mira.
Vaya, piensa
¿Cuando cambió?
No se había dado cuenta.
En el fondo, no ha cambiado.
¿Y de repente, ya no pueden besarse?
¿Y de repente, ya no pueden tocarse?
Si sólo les queda eso
El amor
Les reprueban que son niños enfermos
como si quererse fuera una locura
como si anhelar fuera obsceno
después de tanto juntos...
Labios surcados se balancean al compás del tiempo.
Que se joda el mundo, ríen y gritan, aún siguen vivos.
Todo se cae
musita él, los dedos arrugados y el ceño fruncido
tumbado junto a ella, con la respiración jadeante.
Todo se cae
y se posa como un recuerdo
en algún momento, suavemente,
le susurra ella.
Se abrazan a tientas,
podrían quedarse así, tras la puerta.
Las estatuas añejas lucen grietas
porque al separarse se quiebran.
SÓLO LES QUEDA ESO.
Publicado por Loth 4 comentarios
CÓMO DELETREAR UN ADIÓS.
Durante muchas noches, soñé que te perdía.
Ayer fue la última vez.
Empezó de un modo súbito y traicionero, como todos los temores. En un sueño, te secuestraban, y yo oía por teléfono cómo te estaban torturando. Me desperté con el dolor en la garganta, que nadie te hiciera daño, por favor. Cuánto debía quererte.
A partir de entonces, el miedo avanzó repetitivo en sus embestidas, pero yo continuaba sin poder reaccionar. En un sueño, me telefoneabas distante, o bien te alejabas de mis manos. Ibas a abandonarme. Mis por qués se agolpaban junto al estupor de quien se siente morir. Había un resquicio de sospecha velada, otra persona, yo no lo comprendería, tú no querías lastimarme más, la conocía o no, resultaba verosímil o imposible. En ocasiones, la culpabilidad medraba en tu voz, aunque seguías hiriéndome, o me despreciabas cruelmente, pero siempre nos extraviábamos en la misma conversación. Lacerante como la quemadura por desgaste. Yo intentaba recuperar la dignidad maltrecha, dejar de esconderme en tus motivaciones, evitar que me importaras. Al despertar, lo hacía resentida y desconfiada. No me sentía segura de tu afecto. Mi instinto me advertía de una puñalada a hurtadillas.
Con el tiempo, los sueños se diluyeron en número e intensidad. Cada vez practicaba mejor mi aplomo y se encallecía mejor mi orgullo. A veces, incluso, era yo quien te engañaba, por despecho o porque sí, como muchas decisiones relevantes que tomamos. Pasaría, pensaba yo, y me sentía preparada.
Ayer por la noche, o tal vez hoy de madrugada, el sueño, el temor, todo cambió. Casi podía palpar el realismo de las vivencias, al tiempo que deámbulabamos y hablábamos por escenarios hipotéticos.
Estábamos comprando comida. Y en un centro comercial, coincidíamos con una compañera tuya del trabajo. Esa que tiene nombre, una cara y un cuerpo distorsionados por tus palabras, porque "Es fea, ¿Pero es simpática? Sí, pero no me gusta, tú eres mejor". Comenzábais a charlar, yo rápidamente pasaba a ser una espectadora, y a cada paso lo veía con mayor nitidez. Me habías soltado la mano, esa a la que te aferras desde hace casi 5 años. Ella te preguntaba, tú a ella. Descubría confidencias que a mí no me habías contado, aparentes trivialidades, como que ibas a disfrazarte, y la vergüenza por el ridículo que ibas a hacer. Ahí estaban tus emociones que a mí tanto me costaba sonsacarte, aflorando dócilmente con ella. Y sí, era simpática, ni tan siquiera yo podía detestarla. Y no, no me parecía fea, de hecho, hacíais buena pareja.
Una tristeza sosegada me pellizcaba las entrañas, como el hambre incipiente, como la angustia diaria. Ella se marchaba, y ese bombardeo de preguntas capciosas, un interrogatorio ávido de paranoia, no, no se daba en mí. Algo era distinto, el dolor me pesaba un poco más, porque todo lo que crece pesa, pero podía llevarlo sin escupírtelo a la cara. Así debería ser.
Me desperté y aquí estoy escribiéndolo, sintiendo que he aprendido algo y que puedo compartirlo. En vacíos como éste se sedimentan recuerdos y esperanzas, heridas que acaban cicatrizando, o de las que muere algo para nacer otra cosa. Ahora sé cómo deletrear un adiós.
Ayer fue la última vez.
Empezó de un modo súbito y traicionero, como todos los temores. En un sueño, te secuestraban, y yo oía por teléfono cómo te estaban torturando. Me desperté con el dolor en la garganta, que nadie te hiciera daño, por favor. Cuánto debía quererte.
A partir de entonces, el miedo avanzó repetitivo en sus embestidas, pero yo continuaba sin poder reaccionar. En un sueño, me telefoneabas distante, o bien te alejabas de mis manos. Ibas a abandonarme. Mis por qués se agolpaban junto al estupor de quien se siente morir. Había un resquicio de sospecha velada, otra persona, yo no lo comprendería, tú no querías lastimarme más, la conocía o no, resultaba verosímil o imposible. En ocasiones, la culpabilidad medraba en tu voz, aunque seguías hiriéndome, o me despreciabas cruelmente, pero siempre nos extraviábamos en la misma conversación. Lacerante como la quemadura por desgaste. Yo intentaba recuperar la dignidad maltrecha, dejar de esconderme en tus motivaciones, evitar que me importaras. Al despertar, lo hacía resentida y desconfiada. No me sentía segura de tu afecto. Mi instinto me advertía de una puñalada a hurtadillas.
Con el tiempo, los sueños se diluyeron en número e intensidad. Cada vez practicaba mejor mi aplomo y se encallecía mejor mi orgullo. A veces, incluso, era yo quien te engañaba, por despecho o porque sí, como muchas decisiones relevantes que tomamos. Pasaría, pensaba yo, y me sentía preparada.
Ayer por la noche, o tal vez hoy de madrugada, el sueño, el temor, todo cambió. Casi podía palpar el realismo de las vivencias, al tiempo que deámbulabamos y hablábamos por escenarios hipotéticos.
Estábamos comprando comida. Y en un centro comercial, coincidíamos con una compañera tuya del trabajo. Esa que tiene nombre, una cara y un cuerpo distorsionados por tus palabras, porque "Es fea, ¿Pero es simpática? Sí, pero no me gusta, tú eres mejor". Comenzábais a charlar, yo rápidamente pasaba a ser una espectadora, y a cada paso lo veía con mayor nitidez. Me habías soltado la mano, esa a la que te aferras desde hace casi 5 años. Ella te preguntaba, tú a ella. Descubría confidencias que a mí no me habías contado, aparentes trivialidades, como que ibas a disfrazarte, y la vergüenza por el ridículo que ibas a hacer. Ahí estaban tus emociones que a mí tanto me costaba sonsacarte, aflorando dócilmente con ella. Y sí, era simpática, ni tan siquiera yo podía detestarla. Y no, no me parecía fea, de hecho, hacíais buena pareja.
Una tristeza sosegada me pellizcaba las entrañas, como el hambre incipiente, como la angustia diaria. Ella se marchaba, y ese bombardeo de preguntas capciosas, un interrogatorio ávido de paranoia, no, no se daba en mí. Algo era distinto, el dolor me pesaba un poco más, porque todo lo que crece pesa, pero podía llevarlo sin escupírtelo a la cara. Así debería ser.
Me desperté y aquí estoy escribiéndolo, sintiendo que he aprendido algo y que puedo compartirlo. En vacíos como éste se sedimentan recuerdos y esperanzas, heridas que acaban cicatrizando, o de las que muere algo para nacer otra cosa. Ahora sé cómo deletrear un adiós.
Publicado por Loth 2 comentarios
Etiquetas: Relatos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
